Iván conoció la brutalidad de la condición humana cuando apenas contaba con diez meses de vida. Fue abandonado con una rotura ósea que empezó a soldar de forma incorrecta antes de entrar en un centro de acogida. De aquello le ha quedado una leve cojera que aparece después de las carreras y los juegos, lo suficiente para que en este mundo de perfección no encontrara un hogar hasta que cumplió los cuatro años. En su cuerpo se ven las señales del maltrato, y en su mirada la tristeza con algún destello de desconfianza.
Seguramente su nombre no sea apropiado, un nombre de zar que adquirió popularidad por la asociación a Iván el Terrible, personaje que la historia atribuye la autoría de numerosas atrocidades, pero cuando me lo presentaron era lo único que tenía y lo único que le había dado esta condición humana animalizada.
Perdón, creo que no lo he comentado. Iván es mi perro adoptado.
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